Además, se reconoció a otras personas consagradas de la ciudad y un emotivo tributo a Juan Carlos Cobián en el Café Miravalles.
El tango, antes de convertirse en esa postal de exportación que hoy recorre las capitales del mundo, fue otra cosa. Fue un murmullo clandestino en una esquina de barrio, el aroma denso de la madera crujiente y ese eco metálico de vasos chocando en la penumbra de un mostrador.
Este sábado 30 de mayo, a partir de las 19:30 horas, las paredes gastadas, sabias y profundamente bahienses del histórico Café Miravalles se vistieron de gala. No fue un evento más; fue un ritual de estricta justicia poética: el regreso espiritual de Juan Carlos Cobián a la ciudad que acunó su infancia y selló, para siempre, su destino musical.
El pretexto —si es que se le puede llamar así a un acto de amor a la cultura— fue el ya tradicional ciclo cultural Bahía Blanca No Olvida, que en esta oportunidad presentó el espectáculo didáctico-musical «Nostalgias». El título no fue una elección al azar. Fue la invocación directa a la melancolía y a la vanguardia de un hombre que, con sus dedos hamacándose sobre el teclado, transformó el latido rústico del arrabal en una sofisticada arquitectura de emociones.
Con un recinto repleto de un público que respiraba expectativa, la arquitectura de esta memoria estuvo guiada por el escritor e historiador José Valle, miembro de la Academia Nacional del Tango. Con precisión de cirujano y pasión de tanguero, Valle desovilló los hilos de esa conexión indisoluble entre el músico y Bahía Blanca. Cobián llegó a estas tierras con apenas tres años. Mucho antes de los escenarios rutilantes de Buenos Aires y las luces encandiladoras de Nueva York, existió una vereda bahiense en la calle Moreno 310 que se incrustó para siempre en su alma.
«Quedó afectiva y sentimentalmente ligado a esta ciudad, donde residió por muchos años la casa paterna que inspiró el célebre tango La casita de mis viejos», remarcó Valle durante su alocución. Sus palabras le devolvieron a Bahía Blanca la paternidad de uno de los himnos más desgarradores y universales del género.
El relato del historiador no solo rescató la revolución técnica del «eximio pianista», sino también el mito del hombre de carne y hueso: aquel arquetipo de galán de porte atlético, elegancia implacable y magnetismo social que caminaba la bohemia como un auténtico aristócrata del asfalto.
Pero la historia necesita música para no volverse estatua, para no congelarse en los libros. La noche cobró su fisonomía más sensual y vibrante en la voz de Gaby, «La Voz Sensual del Tango», quien entre varias interpretaciones magistrales deslumbró y emocionó hasta las lágrimas al público presente con una conmovedora y visceral versión de Los Mareados.
La renovación y la herencia tanguera marcharon firmes: el joven cantor Galo Valle demostró su estirpe y su contagioso fervor con una estupenda versión del tango Rubí. Asimismo, los intérpretes Anyela Cabrera, Armando Barsellini y Silvia Adami, desde estilos muy diversos y personales, desgranaron con absoluta solvencia las melodías inmortales que Cobián sembró en el cancionero popular.
Los cafetines también se sostienen gracias a quienes guardan la memoria cotidiana de los pueblos. En un bloque dedicado a reconocer el quehacer cultural y profesional de la región, la organización entregó merecidas distinciones a la trayectoria a los camarógrafos Daniel Benedetti y Daniel Burgues, y a la reconocida productora y publicista Graciela Wagner. Ellos son las manos invisibles que, detrás de escena, han registrado y moldeado la comunicación bonaerense durante décadas.
El punto cumbre de la emoción materializada llegó promediando el encuentro. La directora del Instituto Cultural, Natalia Martirena, junto a la titular de la Dirección de Turismo, Lic. Karina Sánchez, y el propio José Valle, procedieron al descubrimiento de una plaqueta conmemorativa. El acto cobró un misticismo especial al realizarse justo en las vísperas del 31 de mayo, día en que se cumplen 130 años del nacimiento del músico en la vecina localidad de Pigüé. Un testimonio de bronce perpetuo para que los parroquianos del futuro sepan, al mirar esa pared, que por esas mesas flotó el espíritu del «Chopin» del tango.
Más allá de las partituras ejecutadas con brillo, de los aplausos cerrados y de las fechas conmemorativas, la cita en el Café Miravalles funcionó como un manifiesto estético y político. Sus coordinadores lo tienen claro: esto excede por completo el marco de un festival musical. Se trata de una auténtica trinchera de resistencia cultural.
En estos tiempos modernos de pantallas frías, algoritmos impersonales y contactos fugaces, la propuesta de «Bahia Blanca No Olvida» es un grito de rebeldía: volver al calor de la sobremesa compartida, a la tertulia de bar, al humo de las viejas tazas de café y al milagro irrepetible de la música en vivo en los cafetines tradicionales. Cobián volvió a su casa. Y Bahía Blanca, en una noche cargada de lágrimas y aplausos, le demostró que la gloria colectiva sigue intacta.
FUENTE: DIARIOCULTURABAHIENSE

